miércoles, 17 de abril de 2019

Aumenta tu productividad como escritor




En la Casa Úslar Pietri dicté durante un año un taller de novela para un grupo avanzado de alumnos. En este post rescato unas notas sobre productividad del escritor que llevé a una de las sesiones y me parecen buenas a tener en cuenta siempre. Este listado está en proceso de revisión para aumentarlo o mejorarlo. ¿Qué haces tú para aumentar la productividad de tu obra?

1. Mantener una disciplina de escritura diaria.

Hay que lograr alcanzar un nivel de productividad que llamo de “crucero”, es decir, lo mínimo que sabemos podemos producir a diario bajo cualquier circunstancia. Es lo que se logra al establecer un hábito de escritura.

2. Ponte una fecha límite para terminar el primer borrador.
Si tienes el compromiso con una editorial o el cierre de entrega para un concurso, aún mejor.

3. Dale un motivo trascendente a tu proyecto.
Además del gusto personal por la escritura o por el tema que desarrollas en tu novela sugiero unir su producción a un deseo que te toque las entrañas. Dedícaselo a alguien especial, tómalo como una promesa a algún ente espiritual de tu preferencia, conviértelo en un reto personal… Si el deseo es por un hecho doloroso aún más productivo será la escritura de tu historia.

4. Combina jornadas de zoom in por jornadas de zoom out.
Todo el tiempo que dediques a planificar tu escritura redundará en menos tiempo de revisión y corrección de tu manuscrito y sobre todo evitará caer en baches por no saber cómo avanzar en tu historia. Combina la escritura de escenas con la resolución de los hitos de la estructura de tu novela.

5. Escribe un boceto de final.
Tener el final de tu historia claro te facilitará la redacción de los capítulos precedentes. Este texto servirá como un faro que te guie, cuando llegues a la playa, es decir cuando tengas el primer borrador de tu novela podrás afinar o cambiar el final.

6. Escribe lo que te dé más nota cada día.
No tienes por qué escribir de forma ordenada tu novela. Una vez establecido un esquema preliminar para tu historia puedes dedicar cada jornada a la parte del texto que más te motive ese día. 
Es lo que llamo la técnica cañamazo: ese telar que tiene una figura pintada y que se va rellenando con estambres de colores uno a la vez. La figura total de tu novela es la estructura y cada estambre es un avance de escritura diario que realices.

7. Escribe por capas.
Si lo deseas no tienes que escribir tus avances de la forma como quieres que se lean al final una vez pulido el borrador. Una técnica es comenzar con un resumen general de tu historia o vista panorámica que no incluya descripciones detalladas ni escenificación. Luego puedes resolver las transiciones entre capítulos. Finalmente puedes detenerte al desarrollo de cada escena, pintar el texto con descripciones detalladas e incluir sub historias que le aporten profundidad al texto. 

8. Ponle “pegamento” a la silla.
Los escritores somos expertos en procrastinar o posponer la escritura. No hay mejor consejo que te puedan dar para aumentar tu productividad que aumentar el tiempo en que tu “cul…” se mantiene pegado a la silla de tu escritorio.
Hay varias aplicaciones que te ayudan a cronometrar el tiempo que le dedicas a escribir sin detenerte. 
9. Cierra las puertas y ventanas virtuales.
Mientras escribes cierra las páginas de acceso a las redes sociales y apaga el celular o el sonido de los avisos de anuncios de novedades.
Puedes usar aplicaciones para aumentar tu concentración.
Por ejemplo:

10. Escucha música que te inspire para escribir.
No recomiendo acompañarte por la televisión o la radio a la hora de escribir pues detendrás la escritura cada vez que algo te llame la atención en la programación. Más bien utiliza música que te inspire y mantenga el ánimo elevado.
Además de música se ha comprobado que utilizar sonidos que simulen las cafeterías aumenta la concentración a la hora de escribir.

11. Lleva siempre contigo una libreta de notas.
En los momentos menos pensados vendrán a tu mente ideas que te ayudarán a resolver situaciones pendientes en la construcción de tu historia. Teniendo una libreta a mano podrás atesorar esos susurros de tu intuición.

12. Ten citas productivas.
Puedes cuadrar con algún amigo escritor para reunirse a escribir juntos durante un par de horas semanales. Luego de pasar un momento para ponerse al día con los cuentos personales ambos pueden dedicarse a escribir sin interrumpirse.

13. Planifica jornadas intensivas.
Aparte de tus espacios de escritura diarios puedes planificar algún día –domingo, fines de semana largo,…- en los que te dediques más horas seguidas a un proyecto en particular. 
Cuando estés cerrando la redacción del boceto inicial de un proyecto largo es recomendable pasar una semana en algún lugar que no sea tu casa –hotel, crucero,…- donde te puedas sumergir sin interrupciones en el trabajo de culminación de tu texto.

14. Aplica el “Tao” a los procesos de tu vida: simplifícate.
Determina en que usas tu tiempo aparte de escribir y simplifica tus procesos para poder dedicarte más a lo que deseas.
Por ejemplo: si vas cada día al automercado cambia a hacerlo una vez por semana; si ves muchos programas de televisión comienza a decidir cuáles efectivamente te nutren creativamente y cuales puedes evitar por ser sólo consumo de basura.
Otra forma de simplificar tus procesos en mantener tus espacios ordenados –físicos y virtuales-. Esto te permite encontrar los datos que buscas de manera más rápida y reduce el tiempo en ordenar nuevamente para empezar a escribir.

martes, 22 de enero de 2019

Mirar el miedo a los ojos



Por @Joaquin_Pereira


Ser escritor es ser valiente. No es cuestión de publicar o de tener cientos de lectores. Es pararse en medio de la locura cotidiana y atreverse a decir basta. Para eso hay que confrontar al miedo. Mirarlo a los ojos.

Luego de que los talleristas se presentan sólo con su nombre los invito a dar luz a los miedos que les impiden escribir. He escuchado de todo: no soy capaz, no me siento preparado, no sé cómo expresar lo que pienso, siento que no me entienden, no tengo tiempo, …

Les hago ver que el miedo no es algo que hay que superar sino algo que aceptar. Nuestra vulnerabilidad nos conecta con la vulnerabilidad de nuestros lectores. Mostrarnos desnudos, con cicatrices, es lo que nuestros lectores requieren. 

He visto pasar por mi taller gente muy talentosa que no llega a publicar, no se siente preparada por no haber estudiado Letras. Si supieran que muchos que lo han hecho terminan no escribiendo por la cantidad de autocrítica que poseen y que termina ahogándolos. 
Cuando les digo que se conecten nuevamente con el juego y con su lado inocente me ven raro: Esto no puede ser, que inmaduro, quién puede vivir así. 

En nuestros tabúes y dolores más profundos es donde se esconde nuestra mejor obra. Para que ella surja hay que sumergirse en nuestra sombra y remover el trastero de nuestro inconsciente. 

Les brindo una estrategia práctica para acallar las voces internas que nos acosan mientras escribimos. Consiste en utilizar varias cachuchas –como las llamamos en Latinoamérica- o varios sombreros distintos a la hora de escribir: 

En primer lugar, colocarse una cachucha o sombrero de colores –todo esto de forma imaginaria- para recordarles el permitirse equivocarse sin complejos, eso desata la creatividad. Luego podrán usar la cachucha o el sombrero del corrector y después el del vendedor. Con ellas podrán ser todo lo riguroso que quieran, pero teniendo como base un boceto surgido desde la autenticidad y la libertad.

Los talleres de escritura más que un medio para la obtención de nuevo conocimiento, son el espacio propicio para poder experimentar sin miedo a la crítica despiadada. Para que esto ocurra el coordinador del mismo debe servir como un maestro de ceremonias o un director de orquesta que evite la confrontación de egos. 

Hay dos tipos de personalidad entre los asistentes a los talleres de escritura: los que se estimulan con los retos y los que lo hacen con los “apapaches” o los mensajes de aliento. El director del taller debe saber identificar cada caso y motivar de forma apropiada a cada quien.  

La primera tarea dentro de un taller de escritura para que sus participantes comiencen a notar un avance es el hacerles mirar sus miedos y brindarles un espacio en el que puedan exponerse con confianza sintiendo que serán apoyados y reconfortados en la experiencia. Luego la continua revisión de ejercicios prácticos funcionará como un espejo donde podrán ver los elementos a corregir y hacerlo de forma positiva, sin presionarse, disfrutando el proceso.

Sigamos creando juntos, abrazando nuestros miedos.  

lunes, 21 de enero de 2019

Deja que se caigan las pelotas




Por @Joaquin_Pereira


Este año cumplo diez dictando talleres de escritura creativa. Por mis manos -literal- han pasado cientos de aspirantes a escritores. Todos llegan buscando una clave que les dé luz en su búsqueda personal para llevarlos a crear su obra y verla por fin publicada. Muchos se sorprenden con la forma en que los recibo. 

Tradicionalmente cualquier taller –de inglés, de guitarra, de cómo hacer sushi- inicia con la nefasta fase de presentación. Todos tiemblan porque están acostumbrados al terrible momento cuando deben sacar a relucir su curriculum vitae y comienza la guerra de egos. 

En mis talleres rompo con esto. Les invito a sólo mencionar su nombre. Los libero de la necesidad de escudarse detrás de su apellido –que los mantiene presos de su transgeneracional-, el lugar de la ciudad en donde viven –que los etiqueta con una clase social determinada-, y de su trayectoria profesional –que los convierte en un personaje social que debe luchar por un espacio en el sistema. 

Al presentarse sólo con su nombre, libero al escritor que pugna por hablar dentro de sí y enfoco el desarrollo del taller en la creación de su obra.

Luego de pasar esta etapa de derrota del ego, paso a aclarar el sentido de un taller de escritura. En la educación tradicional de la mayoría de los occidentales continuamente nos están señalando nuestras carencias, nos señalan nuestras faltas y nos dicen que un profesor o curso nos dará eso que buscamos para completarnos. Pero la rueda no se detiene y descubrimos nuevamente una carencia en nosotros, impulsandonos a seguir buscando permanentemente sin detenernos a desarrollar nuestra obra. 

Les explico a mis talleristas el enfoque que utilizo, similar al de la educación de Finlandia: sacar a la luz lo que se tiene y no lo que se carece y conectada con lo lúdico, es decir, con lo que hace sonreír a nuestra alma. 

Sí, algunos pensarán que el un taller es una secta espiritual o aún peor, uno de esos cursos de autoestima o coaching, vuertos ahora en tendencia. 

Pasado los primeros momentos de duda, los talleristas comienzan a darse cuenta de que más que seguir acumulando conocimiento –en esta época de avalancha informativa-, lo que requieren para comenzar a desarrollar prolíficamente su obra es abrir el espacio interno que lo permita. 

Y allí rs cuando saco mis tres pelotas. No se asusten, no me desnudo ante ellos. Literalmente saco de mi bolso –de Mary Poppins- tres pelotas y comienzo a hacer malabares. Les digo que no es que estoy loco ni que los estoy llevando a ganarse unas monedas en algún semáforo. Lo que quiero es por medio de una metáfora mostrarle cómo vencer los miedos que les impide escribir.

Con las pelotas les muestro una estrategia práctica para relajarse y dar rienda suelta a su escritura. Luego de mostrarle mi capacidad de manejar tres pelotas en el aire al mismo tiempo los sorprendo dejando caer las mismas al suelo de forma intencional: les muestro que no tengo miedo a la caída de las pelotas.

Luego las recojo y les explico de qué va tanto performance. Les cuento mi experiencia en una escuela de circo –no es un cuento, en realidad lo estuve-; por más que practicaba hacer malabares no me salían. Intento asociarlo con su deseo de escribir: el miedo les impide hacer como desean.

Les explico que sólo cuando me permití equivocarme, dejando caer las pelotas sin temor, ese día logré por fin hacer malabares. Moraleja: cuando pierdes el miedo a equivocarte allí comienzas a empoderarte como escritor y tu obra surge al fin de la tierra de tu inconsciente como una pequeña planta que busca la luz. 

Para aquellos que logran captar el enfoque de mi taller la escena de las pelotas y los malabares se convierte en un Damasco, en una epifanía que les servirá para reubicar sus recursos internos y hacer un inventario productivo de sus talentos. 

El siguiente paso es ordenar nuestra caja de herramientas –como la llama Stephen King en su libro Mientras escribo-. Pero de esto les escribiré en el siguiente post. Sigamos creando juntos.


martes, 4 de julio de 2017

Casa Úslar Pietri



Por @Joaquin_Pereira

Creo definitivamente en el destino y en el poder de nuestras intenciones. En 1994, cuando estaba realizando una pasantía corta en la empresa de telecomunicaciones CANTV en Caracas -como parte del pensum de estudios de Ingeniería en Computación en la Universidad Simón Bolívar-, aprovechaba los traslados en autobús de casa a la oficina para leer Lanzas Coloradas del escritor venezolano Arturo Úslar Pietri. 

Mientras leía el libro recuerdo que me decía a mí mismo: “Yo quiero algún día escribir historias como ésta”. Quince años después -ya graduado de ingeniero y luego de periodista- estaría dictando mi Taller de Escritura Creativa en la casa donde vivió Úslar Pietri. 

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Aunque se creó una fundación para usar el espacio para actividades culturales, la casa sigue casi igual a como era cuando el escritor vivía en ella. Es decir, no parece un museo aún. 

Una de las razones de que la casa conserve el mismo aire de hogar que respiró el escritor se lo debemos a una encantadora señora llamada Lola, quien trabajó por años al servicio de la familia de Úslar Pietri y aún vive allí. 



En una oportunidad cuando terminé de dictar uno de mis talleres sabatinos y esperaba un segundo grupo, Lola me llama a la biblioteca y me dice que vio a un hombre en ella que pensaba en un principio era yo pero al mirarle el reloj pulsera se dio cuenta que era el señor Arturo. 

No sé muy bien si sólo fue un recuerdo haciéndole una buena pasada o si en verdad era un espíritu. Lo que sí podemos confirmar tanto yo como mis estudiantes es la buena energía que se siente en el recinto, como una palmada en la espalda de los que aspiran arrancarle a la página en blanco una historia.

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Tomé por costumbre cuando llegaba un alumno nuevo a hacerle un recorrido por la casa. Me gustaba mostrarle la extraña cama donde Úslar Pietri tomaba sus siestas. Extraña porque está elevada del suelo de forma poco común, como si su ocupante le temiera a alguna alimaña nocturna.

También les mostraba las fotografías familiares y los hacía oler los perfumes que usaba. Los llevaba a su maravillosa biblioteca donde aún se encuentran algunos objetos personales, incluso primeras ediciones de sus libros firmadas. 



Pero debo confesar que lo que más me gustaba mostrarles a mis estudiantes durante ese recorrido era una piedra. Se trata -por lo que se puede leer en una etiqueta pegada a la misma- de un pedazo del oráculo de Delfos. 

Me daba gracia imaginar al elegante escritor venezolano recoger del suelo un suvenir en alguna de sus visitas a Grecia. Pero más importante es que veía en esa piedra un símbolo de lo que significó y aún significa la figura de Arturo Úslar Pietri para Venezuela.

Mientras estaba vivo su palabra fue un faro que iluminaba la conciencia nacional. Muchos políticos lo visitaban para consultar su opinión sobre los problemas por los que atravesaba el país.

Sí, Arturo Úslar Pietri fue nuestro oráculo de Delfos y aún revisamos su pensamiento plasmado en su obra escrita para buscar respuestas ante las vicisitudes actuales.



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Una de las razones por la que la casa tiene tan buena energía quizás sea por haber sido diseñada por el mismo arquitecto que planificó la Universidad Central de Venezuela, Carlos Raúl Villanueva. 

Esto se nota sobre todo en la forma como el jardín pareciera una extensión de la sala principal separado apenas por una reja que parece flotar entre ambos ambientes. 

Resguardando las afueras de la casa como centinelas hay varios árboles de mango que entre mayo y julio descargan sus frutos en la entrada del estacionamiento.

El piso de la planta principal presenta baldosas con curiosas figuras de colores naranja y tierra: gallitos, flores de liz,… 

En las paredes se pueden observar varias pinturas que retratan al escritor en varias etapas de su vida. También hay fotografías que registran eventos importantes, como por ejemplo la entrega del premio Príncipe de Asturias otorgado al escritor por el actual Rey de España cuando apenas era príncipe.

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La Casa Úslar Pietri ha sido el espacio perfecto para desarrollar mi Taller de Escritura Creativa. Decenas de alumnos se han inspirado en ella para echar adelante sus particulares carreras como escritores. He sido un orgulloso testigo del camino que han realizado desde las primeras pautas escritas en mi taller hasta llegar a publicar sus libros y obtener premios. 

Pero lo más importante es que he sido testigo del poder transformador de la escritura en la vida de una persona. El brillo en los ojos de mis talleristas cuando logran concebir una historia es el mayor premio que pueda recibir. 

Sé que Arturo Úslar Pietri desde la esfera donde desarrolla su conciencia ahora nos está viendo y sonríe cada vez que dictamos un taller en su casa. Gracias Arturo por tu obra, por tu claridad de pensamiento y por brindarnos de forma tan generosa tu casa para desarrollarnos como escritores. 

sábado, 18 de enero de 2014

Taller de Escritura Creativa: el inicio





Mi Taller de Escritura Creativa nació en marzo de 2009 mientras realizaba una expedición fotográfica por Venezuela. Específicamente en el lugar más espectacular del planeta. Esta es la historia de ese momento en el que me inspiré:

Llevaba más de media hora que no pronuncia palabra alguna. Acabábamos de llegar a la Gran Sabana. No se explica cómo todavía algunas de mis compañeros de viaje seguían quejándose por la falta o exceso del aire acondicionado. Yo sólo desea estar callado, no hacer ruido. Sabía que estaba entrando a un lugar sagrado y no deseaba que el Dios que lo habita se despertara y abandonara la tierra para siempre.

Roberto –el director de la escuela de fotografía- me preguntó apenas nos detuvimos en los rápidos de Kamoirán ¿qué me parece?, como quien le muestra una “bolondrona” a un amigo en un juego de canicas. Y mi mente como en las encuestas sólo podía responder “no sabe-no contesta”, más bien sí sabía pero era tal el impacto que había sufrido que me era imposible expresarme en ese momento. No estaba feliz, no me sentía alegre; me sentía abrumado, sobrecogido, pequeñito ante tanta inmensidad.

Aún no había podido asimilar la profusión de imágenes, sensaciones y experiencias que había vivido desde que abordé uno de los carros de Larga Distancia Expediciones Fotográficas en la madrugada del sábado 7 de marzo en las inmediaciones del centro comercial San Ignacio en Caracas. 

La primera parada a fotografiar no fue uno de los atardeceres del estado Lara, no – ¡que si quieres postales tío mejor que te compres una! Que para llegar al cielo pareciera que primero hay que conocer el infierno-. Lo primero que el grupo se detuvo a fotografiar fue a un grupo de “pichacheros” o personas que subsisten de la basura. 
En cada pueblo al que llegaba asumía la forma de hablar de los lugareños, como la mejor forma de acercarme a los retratados. Y fue en ese continuo transmutarme que los lastres de mi vida fueron cediendo.

No sé muy bien si fue cuando colgé un trozo de madera de Guadalupe en mi cuello o guardé una cruz de azabache del Capanaparo en mi bolsillo; no sé si fue por el brebaje de chuchuguaza que me brindaron antes de conocer La Hundición –ese Sodoma y Gomorra criollo, con estatua de sal bíblica incluida-, o por el ponche andino que me tomé frente a la iglesia de Juan Félix Sánchez en Mucuchíes. 

La verdad es que pasados los días ocurrió en mí un cambio que sólo la visión aguda de un fotógrafo avisado podía haber captado: Una ligera sonrisa se había instalado en mi rostro, del hasta ahora esquivo periodista.

Algunos de los miembros del grupo notaron el cambio cuando se dieron cuenta que desde La Azulita en Mérida, yo ya no fumaba. De guardar cierta distancia del grupo al iniciar la travesía, pasé a confiar más, a entregarme, hasta el punto que en una piscina imaginaria –uno de los juegos de Roberto- me lancé de espalda a los brazos de mis compañeros.

Y mi Damasco personal llegó cuando el grupo iba de salida de Paraitepui rumbo a Santa Elena de Uairén, la línea fronteriza con Brasil y de allí de nuevo a casa en Caracas. Algo sucedió, los carros se detuvieron; Roberto se bajó del vehículo líder y comenzó a recoger latas de la Gran Sabana. El resto de la comitiva lo imita y se van llenando varias bolsas con la basura de aluminio que cientos de turistas olvidan tras su paso por este Edén que se negó a despertar desde que el Creador decidió recostar su cabeza al séptimo día.

Fue cargando esa bolsa de latas en la Gran Sabana, que yo por fin fue asimilando el encuentro con el niño sin brazos que soñaba con ser ingeniero en el poblado de La Florida de Falcón; el accidente que auxiliaron en la carretera rumbo a Ciudad Bolívar en la que una niña lloraba más por su padre herido que por la sangre de su mano; la nefasta franela que vestía una de las adolescentes del poblado indígena de Santa Ana que decía “No hago milagros pero soy virgen”; mil y una imágenes imborrables como esa estampida de estrellas que me abrazaron en el Capanaparo.

Y sí, este periodista asumió la Vuelta a Venezuela como su particular Camino de Santiago. Su alma dio un vuelco y se deshizo del equipaje extra que le estorbaba. ¿Cómo es posible entrar en los antiguos espacios estrechos de la vida cuando la inmensidad de la Gran Sabana se había metido en tu alma? 

Apenas llegué a Caracas decidí renunciar a ese empleo que me agobiaba; di por acabada la espera de ese amor que nunca voltio a verme; y decidí fundar el Taller de Escritura Creativa. Definitivamente la paz se instaló a vivir en mi mirada.

A partir de ese momento cientos de talleristas se han contagiado de mi entusiasmo y han volcado su creatividad historias estupendas. La maravilla continúa…